On this 24th Sunday in Ordinary Time, Year B. September 12th, 2021

Dear Sisters and Brothers of Saint Therese Parish,

Who can believe that twenty years have passed since that fateful day of September 11, 2001?  I suppose all of us who were alive and old enough remember where we were the morning our nation was attacked. I was in bed, having just landed at Kennedy a few hours before on a flight from Stockholm. I was living in Riverdale, in the Bronx, at our retreat house overlooking the Hudson River. We could see the smoke from the roof, then a cloud of ash carried by the winds coming off the river. Father Edward and I were two of many priests called to the scene the next morning. But there were only those disoriented and searching the streets for missing loved ones. From faraway places came first responders to assist. Brother Michael, a Passionist chaplain at Saint Vincent’s Hospital in the Village, said that the gurneys were in the streets with teams of medical personnel ready and waiting. But no one came. There was no one.

So we enter this anniversary with hearts both sad and grateful. Sad of course for so much loss affecting so many, and for so long. My cousin Dennis succumbed three years ago to a cancer caused at the Twin Towers site where he was part of a federal Search and Recover operation for weeks following the attack. He was a DEA agent.

But we are also grateful for the outpouring of love and service by so many, often strangers to one another. We came together. And that spirit is with us still, deep underneath, despite any differences we might have. Our first responders continue to be incredible in their service, often at risk to themselves. Our health care workers continue to care for us in the midst of this pandemic. Clergy continue to respond to requests to “be there”. The hungry and displaced are fed and found a home by volunteers. It’s just who we are.

Blessings and peace,
Father Bob, C.P. 

Queridos hermanas y hermanos de la parroquia
Santa Teresa:

¿Quién puede creer que hayan pasado veinte años desde aquel día fatal del 11 de septiembre de 2001? Supongo que todos nosotros, que en aquel momento teníamos edad suficiente, recordamos dónde estábamos la mañana en que nuestra nación fue atacada. Yo estaba en la cama, puesto que apenas un par de horas antes aterrizaba en Kennedy en un vuelo desde Estocolmo. Vivía en Riverdale, en el Bronx, en nuestra casa de retiro con vista al río Hudson. Pudimos ver el humo desde el techo, luego una nube de cenizas movida por los vientos que salía del río. El padre Eduardo y yo fuimos dos de los muchos sacerdotes llamados a la escena la mañana siguiente. Pero solo estaban las personas que, desorientadas, buscaban por las calles a sus seres queridos desaparecidos. Desde lugares remotos llegaron los primeros servicios de emergencia para asistir. El hermano Miguel, un capellán pasionista en el hospital Saint Vincent en el Village, dijo que los camilleros estaban en las calles esperando con equipos de personal médico listo. Pero ninguno vino. No había nadie.

Así es que entramos en este aniversario con corazones tanto tristes como agradecidos. Tristes, por supuesto, por tanta perdida que
afecta a tantos y por tanto tiempo. Mi primo Dennis murió hace tres años de un cáncer causado en el sitio de las Torres Gemelas,
donde fue parte de una operación federal de Búsqueda y Recuperación que prosiguió a los ataques y duró semanas. Era un agente de la DEA (Administración de Control de Drogas).

Pero también estamos agradecidos por las muestras de amor y servicio de tantos, generalmente desconocidos entre sí. Nos unimos y aquel espíritu sigue todavía con nosotros, muy profundo, a pesar de las diferencias que pudiéramos tener. Nuestros servicios de emergencia continúan siendo increíbles en su labor, a pesar del riesgo que sus vidas suelen correr. Nuestros trabajadores del área de salud continúan cuidando de nosotros en medio de esta pandemia. El clero continúa respondiendo a los pedidos para “estar allí”.
Los hambrientos y desplazados son alimentados y cobijados por voluntarios. Estoes simplemente lo que somos.

Bendiciones y paz,
Padre Bob, C.P.